Ayer nos sentamos frente a nuestras sombras y escribimos aquello que nos cuesta mirar. Hoy vamos a trabajar con ellas. Necesitamos: Un espejo. Una vela negra. Romero y laurel. El papel con nuestras respuestas. Papel de aluminio Colocamos dos capas de papel de aluminio y, sobre ellas, el espejo. Doblamos el papel con nuestras respuestas, dejando que lo escrito se refleje en el espejo, y lo colocamos encima. Añadimos el romero y situamos la vela negra en el centro. Quemamos el laurel para preparar el espacio y, después, encendemos la vela. Mientras la vela se consume, no intentamos cambiar lo que somos. Aceptamos todas nuestras partes: incluso aquellas que nos incomodan, las que escondemos y las que todavía estamos aprendiendo a comprender. Observamos. Respiramos. Aceptamos. Cuando la vela se haya consumido, envolvemos todo con el propio papel de aluminio y agradecemos a nuestras sombras lo que han venido a enseñarnos. Después, nos desprendemos de todo. Porque trabajar nuestras sombras no significa destruirlas. Significa dejar de tenerles miedo. No hay luz sin sombra. Y no hay sombra que no merezca ser mirada con amor.